Vista aérea de La Concha con la isla de Santa Clara y los montes Urgull e Igueldo en San Sebastián, España
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San Sebastián: la escapada que casi todos se saltean

Hay una lógica bastante extendida entre los argentinos que viajan a España. Madrid, Barcelona, quizás Sevilla o Granada si hay días de sobra. Y el norte queda como una idea vaga para “la próxima vez”. San Sebastián cae siempre en esa bolsa de lo pendiente, y es probablemente la ciudad más completa del país.

Completa en un sentido muy concreto: tiene playa urbana de las buenas, un casco histórico donde se come mejor que en casi cualquier lugar de Europa, montes para caminar con vistas de postal, y una identidad propia que no se parece a nada del resto de España. Todo eso en una ciudad chica, caminable, donde no necesitás transporte para nada.

Los pinchos no son una comida, son un recorrido

En Donostia no se cena en un restaurante. Se hace una ruta. Entrás a un bar de la Parte Vieja, pedís una caña o un txakoli, agarrás uno o dos pinchos de la barra, pagás, y seguís al siguiente. Cada bar tiene su especialidad y la gente la sabe.

La lógica es que ningún lugar se come completo. Uno hace bien la gilda, otro el bacalao, otro la tortilla. La gracia está en moverse. Un recorrido de tres o cuatro bares te deja cenado, con varias cervezas encima, y con la sensación de haber hecho algo más que comer. Cada pincho cuesta poco, y armás una noche entera por bastante menos de lo que pagarías por una cena formal en Madrid.

La Concha y los dos montes

La bahía de La Concha es de esas postales que uno vio mil veces y aun así impresionan en persona. Es una playa urbana, en pleno centro, con el paseo marítimo de barandas blancas que aparece en todas las fotos. Y tiene un detalle que la hace especial al atardecer: el sol se mete de frente sobre el agua, entre los dos montes que cierran la bahía.

Esos montes son los dos miradores de la ciudad y conviene subir a los dos, porque se miran entre sí.

El Monte Urgull está pegado a la Parte Vieja y se sube caminando en unos veinte minutos por sendas arboladas. Arriba están las fortificaciones del Castillo de la Mota y la estatua del Sagrado Corazón. En verano funciona un bar en la cima, El Polvorín, con terraza y vistas a la isla de Santa Clara. Solo abre cuando hace buen tiempo.

El Monte Igueldo está en el otro extremo y se sube en un funicular de madera de 1912, el más antiguo del País Vasco. Arriba hay un parque de atracciones viejo, medio de otra época, y la vista más conocida de la bahía. El funicular sale unos cinco euros ida y vuelta.

Hondarribia, a media hora

Si hay algo que justifica quedarse un día más, es Hondarribia. Está a veinticinco minutos en auto, sobre la frontera con Francia, y es de los pueblos más lindos de Europa. Casco medieval amurallado, casas de colores con balcones de madera, un barrio de pescadores sobre el puerto, y enfrente la costa francesa. Se recorre en una mañana y se come muy bien. Es la clase de lugar que uno no esperaba y termina siendo lo que más recuerda del viaje.

Cómo llegar y con qué combinarla

Desde Madrid hay vuelos cortos y también se hace en auto en unas cinco horas por autopista. Desde Barcelona el trayecto es solo un poco más largo. Lo más común es usarla como punto de partida para recorrer el País Vasco o norte de España. Pero también funciona sola, como escapada de dos o tres días desde cualquiera de esas dos ciudades, incluso con la posibilidad de sumar al itinerario Bilbao que queda a poco más de una hora y es la ciudad más grande de la región, con el Guggenheim como centro de gravedad.

La gente

Los vascos tienen fama de reservados y de andar en lo suyo, y algo de eso hay al principio. Pero el trato de mostrador, en un bar de pinchos, con alguien que te explica qué pedir y por qué, es de lo más cálido que uno se encuentra en España. Hay orgullo local, orgullo por la comida y por el idioma, y ganas de que al visitante le guste. Es una hospitalidad menos efusiva que la del sur, y más genuina.

Cuándo ir

El clima del norte es verde por una razón: llueve. Junio y septiembre suelen ser los mejores meses, con temperatura amable y sin la saturación de julio y agosto, cuando la ciudad se llena y los precios de alojamiento se van bien arriba.

Si el plan incluye playa, verano. Si el plan es comer y caminar, cualquier época funciona, y fuera de temporada se disfruta más.

¿Te tentó este destino? Escribinos y lo armamos juntos.

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