Acantilados de Moher sobre el Atlántico en la costa oeste de Irlanda
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Irlanda es más que solo una parada, y más que solo Dublín

Irlanda casi nunca entra en el primer viaje a Europa. Y cuando entra, aparece como escala: dos días en Dublín antes de seguir a Londres.

El tema es que Irlanda es mucho más que Dublín. Si te quedás solo ahí, vas a volver con la sensación de que te faltó algo.

Dublín se resuelve en dos días

Y los dos días valen la pena.

El Guinness Storehouse es de esas visitas que uno espera turística de más y termina sorprendiendo. El recorrido está muy bien armado, cuenta la historia de la cerveza y del país, y termina arriba de todo en el Gravity Bar, con la pinta incluida y la ciudad entera alrededor.

Phoenix Park es gratis y es uno de los parques urbanos cerrados más grandes de Europa. Los ciervos andan sueltos y se te acercan. No hay nada que pagar ni nada que reservar.

El resto de Dublín es caminarla: Trinity College, el río, los barrios. Con dos días lo cubrís bien.

La música es el motivo para quedarte de noche

Esto es lo que más sorprende y lo que menos se cuenta.

En cada esquina hay alguien tocando. En cada bar hay algo en vivo. Y no es decoración para turistas: el nivel es alto. Entrás a un pub cualquiera a tomar algo y en una mesa del costado hay cuatro tipos tocando sin micrófono ni escenario, y la rompen.

Temple Bar es el barrio que todos conocen. Pasá, tomate una, sacá la foto. Pero tené en cuenta que es el circuito más turístico, que la pinta suele costar más que a dos cuadras, y que muchos dublineses te van a decir que la música de verdad está en otro lado.

Un par de nombres: The Cobblestone, en Smithfield, con sesiones casi todas las noches. O'Donoghue's, en Baggot Street, de donde salieron The Dubliners en los sesenta. Pipers Corner.

De estas calles salió U2. Cuando los escuchás ahí, se entiende por qué.

La tarde en Irlanda suele terminar en un pub. No es salir de noche, es la forma que tienen de cerrar el día. Y es parte del viaje, no un agregado.

Alquilá un auto

Acá está la diferencia entre conocer Dublín y conocer Irlanda.

Se puede hacer con excursiones desde la capital, pero son días largos, con horarios ajenos y paradas de cuarenta minutos. Manejando lo disfrutás distinto: parás donde querés, entrás a pueblos que no estaban en el plan, y el camino en sí es parte del paseo. Rutas entre pastizales verdes, ovejas sueltas, castillos en ruinas y pueblos de piedra que parecen de otra época.

Las contras, porque las hay. Se maneja por la izquierda. Las rutas secundarias son angostas y muchas tienen muros de piedra pegados al asfalto, sin banquina. El primer día cuesta, y si te cruzás un camión en una curva vas a frenar. Para el segundo ya te acomodaste.

Con dos días de auto hacés lo esencial. Con cuatro o cinco, lo hacés bien.

Los acantilados de Moher

Son el gran clásico del país y están a la altura: doscientos metros de pared cortada contra el Atlántico, a lo largo de ocho kilómetros de costa.

Los horarios cambian según la época. De noviembre a febrero abren de nueve a cinco, en marzo, abril, septiembre y octubre de ocho a siete, y de mayo a agosto de ocho a nueve de la noche. Conviene reservar online.

A quince minutos está Doolin, que es uno de los centros de música tradicional del país. Si venís manejando desde Galway, dormir ahí es mejor idea que volverte el mismo día.

Galway merece una noche

Es un pueblo con vida propia, calles peatonales, músicos en cada esquina y una escena de pubs muy buena. Dormir ahí cambia la experiencia: la Galway de las seis de la tarde, cuando se van los que vinieron por el día, es otra cosa.

Además es la puerta de entrada a Connemara y al Burren, dos de los paisajes más distintos que tiene el país.

Si tenés más días

El Burren, entre Galway y los acantilados, es un paisaje de roca caliza bastante distinto al resto de la isla.

Connemara son lagos, montañas peladas y algunas de las rutas más lindas de Irlanda.

El Ring of Kerry y la península de Dingle, en el sur, son el otro gran circuito de auto. Dingle tiene una escena de música tradicional parecida a la de Doolin.

A las islas Aran se llega en ferry desde Doolin o desde cerca de Galway. Son pueblos de piedra donde todavía se habla gaélico.

Y de camino de vuelta a Dublín te quedan Kilkenny y el Rock of Cashel, de lo más medieval que tiene el país.

Cuándo ir

De mayo a septiembre es la mejor época. Más temperatura, más días secos, y sobre todo más luz: en junio hay claridad hasta cerca de las diez y media de la noche, y eso cambia cuánto podés meter en un día de ruta.

Igual Irlanda tiene su encanto todo el año, y en invierno con frío todo tiene otra magia distinta.

Lo que más te limita no es el frío ni la lluvia, que los vas a tener en cualquier mes. Es la luz. En diciembre a las cuatro de la tarde ya está oscuro, así que el día de ruta se acorta y terminás temprano en un pub con una Guinness en la mano.

Que tampoco es tan mal plan.

Para quién sí y para quién no

Irlanda es para vos si te gusta manejar y parar en cualquier lado, si te mueve la música en vivo, y si disfrutás los pueblos chicos y el paisaje más que las grandes ciudades.

Si buscás sol, playa y temperatura, este no es el viaje. Y si no querés manejar, vas a poder hacerlo igual con excursiones, pero te vas a perder buena parte de lo que hace que el país valga la pena.

La regla más simple: no le des menos de cuatro días, sumale el auto aunque sean solo dos, y dejá al menos una noche fuera de Dublín. Con eso ya es otro viaje.

¿Te tentó este destino? Escribinos y lo armamos juntos.

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